Nº3      IV Trimestre-1999   Pág. 2
ASJUM
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 Mujer e inmigrante

Un camino de sufrimiento y de futuro incierto. Porque ser mujer e inmigrante, aquí y ahora, conlleva normalmente haber nacido en un país del Tercer Mundo y haberse desarrollado en medio de grandes carencias; significa haber tenido que ponerse en manos de familiares o amigos que le habrán costeado el pasaje; haber dejado allá hijos, padres y compañero; haber tenido que pagar a algún mafioso para que la introduzca en España; y, una vez aquí, trabajar mucho y rápido para compensar tantos benefactores. Los estudiosos hablan de una creciente feminización de la inmigración en España, dicho en plata, que hay más mujeres que hombres inmigrantes.

Se afirma que las mujeres constituyen una población laboralmente activa, es decir, que todas están trabajando, con papeles o sin ellos. Quienes copnocen el padrón municipal de Madrid han observado que hay mucha mujer inmigrante residiendo en los barrios más adinerados de la ciudad, pero eso sólo quiere decir que en esas zonas abundan las empleadas del hogar, que trabajan como internas, y que soportan jornadas de 10 a 14 horas de trabajo. A veces salta la noticia de que han detenidos a unas mujeres extranjeras que se dedicaban a la prostitución; habría que añadir que muchas son madres de familia que están pagando con su salud, su libertad y su vida las deudas familiares, el colegio de los niños, las cervezas del compañero o el ranchito que sustituirá a la chabola de latas. Rara vez se oye decir en TV que son mujeres inmigrantes las que están día y noche cuidando a nuestros enfermos en sus domicilios, las que han tomado el relevo del ama de casa española para que ésta o su compañero puedan ir a trabajar, a estudiar o a cenar con los amigos; las que más ahorran y más divisas envían a sus países de origen; las que están consiguiendo la reagrupación familiar en España de los hijos, los padres o el esposo.

Desde que se abrieron los cupos, han sido las mujeres inmigrantes quienes más han suplicado a empleadores, conocidos o personas "generosas" para que firmen un precontrato de trabajo al esposo, a la hermana o a la amiga que tiene un niñito enfermo y necesita dinero para hacerle operar allá. Ellas, las últimas esclavas del siglo XX en Europa y primeras del siglo XXI, las mujeres inmigrantes, queriendo compartir sus ínfimos logros de bienestar con la familia o las mujeres que quedaron allá y que todavía están en peor situación económica que ellas.

Algún día los españoles tendremos que levantar un monumento en las lomas de Paracuellos, frente al aeropuerto de Barajas, o junto al estrecho de Gibraltar en recuerdo de la mujer inmigrante que tanto está contribuyendo a la construcción de la nueva Europa. Como aquella joven suramericana que iba del brazo de un señor mayor y se sentó junto a mí. Su acento andino me llamó la atención y yo, un tanto desvergonzado, me puse a mirarles de reojo y a escuchar. Vi con qué respeto y delicadeza ella le cogía la mano y le daba palmaditas cariñosas en la cara. El abuelo no paraba de hablar alto y decir cosas incoherentes. Quería levantarse, bajarse del autobús. Tenía buen porte pero mostraba signos claros del mal de Alzheimer. Con qué paciencia ella le colocaba la corbata, le abrochaba la chaqueta y le hablaba bajito al oido. Llegó a emocionarme. Pero enfurecí de rabia cuando oí decir desde el asiento de atrás: "un ligue al que le estará sacando los cuartos...".

Félix Barrera

OFRIM (Boletín de la Oficina Regional para la Inmigración)

 

 
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