Nº6      IV Trimestre-2000   Pág. 2
ASJUM
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 Mis amigos, los pobres

Los pobres éramos muchos. Pero entre todos había algo muy humano. Yo pensaba que siempre era mayor la pobreza de los demás que la mía. Y encontraba entre ellos una bondad natural para poder compartir todo lo que había. Yo fui objeto de compasión, por haber quedado huérfano. Y me sentía acogido con piedad. Mi hermana era muy querida por todos. Descubría cada día la bondad de corazón y la capacidad de entrega de la gente pobre y sana. Dios estaba allí. Nuestro saludo era religioso: Dios te guarde. Nuestra despedida nombraba a Dios. Nos poníamos todos a rezar en las desgracias de alguno de los pobres: por el alma de los que habían muerto, por los enfermos y los que estaban sufriendo mucho, por los más necesitados.

Yo aprendí entre los pobres de mi pueblo a descubrir el valor de la pobreza. Ellos superaban en valores humanos a los demás. No eran egoístas, compartían, se compadecían, tenían sentido de justicia, pensaban en Dios y rezaban con gran fe en casa, en la calle y en la iglesia. No todos eran iguales. Había prostitutas, había ladrones, pero la mayoría no era así, eran gentes de buen corazón y de alma limpia. Por todo esto a mí me gustaba hablar con ellos, hablar de ellos, llamarlos por su nombre, estar a su lado. Había una sabiduría popular, la de los refranes y sentencias, la que corre de boca en boca, que vi podía ser superior a la que se aprende en los libros. De hecho los hombres de letras venían a veces entre nosotros a oír, a recoger todo ese caudal de sabiduría popular que querían plasmar en sus obras. La vida real del pueblo tenía allí su alma. Todo era espontáneo y vivo. Todo era humano entre nosotros. Y todo era pobre desde la economía y rico desde la espiritualidad y la vida.

P. ABELARDO LOBATO, O.P.

 

 
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