Nº7      I Trimestre-2001   Pág. 2
ASJUM
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 Evangelizador

El Señor ha querido necesitar de los hombres para anunciar su evangelio. Yo oí su llamada siendo niño. Creí lo que oí. Que Dios me destinaba para sí. Eso vale para todo hombre, y en todo momento. Porque todos estamos destinados para Dios. Pero hay muchos modos de llevarlo a cabo. Yo me sentí con una cierta vocación especial, fuera de lo común, fuera de mi tierra. Me sentí llamado como los profetas, para una misión entre los hermanos. Mi tormento fue acertar en ese destino que venía de Dios. Fui comprendiendo que Dios es un Dios escondido. Tenía tantas pruebas de su presencia, y tantas mercedes de su mano generosa, pero no acababa nunca de clarificar la misión que me encomendaba.

Llegué a las tierras lejanas, vine a Lima desde Ribera. Y allí por medio de Fray Martín de Porres, mi hermano, mi amigo, el Señor me comunicó su voluntad de que fuera dominico. Con ello vi claro que el Señor me había destinado siempre, en el mundo y en la religión, a una sola cosa; a ser un testigo suyo en el mundo, en la comunidad de los hombres. Pero de modo especial me pedía que fuera un portavoz de la buena noticia entre los pobres. Esto me llenó de gozo y responsabilidad. Yo era poca cosa. El anuncio de la buena noticia a los pobres solo lo podía hacer de dos modos; con el testimonio y con el servicio. A mí no me era difícil estar entre los pobres, vivir feliz a su lado. Los sentía como algo mío, eran como yo. Mi gozo fue mayor cuando pude ver que eran más que yo, que en ellos estaba el mismo Señor.

Meditaba con frecuencia el evangelio de Mateo, donde leía las palabras decisivas de mi vida cristiana que se quería prodigar en obras de servicio a los pobres: “Lo que hicisteis con uno de estos pequeñuelos, conmigo lo habéis hecho” (Mt 25, 40). Me sentía movido desde el interior para imitar al Señor. Los pobres estaban a mi lado, el Señor me acompañaba, no tenía más que dejarme llevar de mi misión de dominico, y con la vida y con la acción en aquella portería, vivir el evangelio con los pobres. Era Jesús mismo a quien servía.

P. ABELARDO LOBATO, O.P.

 

 
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