| |
El
don de ser pobre
Yo
fui un pobre. La pobreza fue mi horizonte vital. Yo no sé hacer
muchos discursos sobre la pobreza. Pero como me acompaño toda
la vida pude saborear a fondo lo que implicaba tener la experiencia
de ser pobre. Yo creo que el hombre ha nacido para cosas grandes. Pero
no llega a ellas mientras no sepa que la pobreza forma parte del tejido
de su misma condición humana. El hombre tiene que admitir la
pobreza en su camino de hombre, desde la cuna hasta el sepulcro, porque
nunca se basta a sí mismo. Y tiene que vencer la dura condición
que implica ser pobre en lucha contra la pobreza. Hubo un tiempo que
esto me desconcertaba. Ya contaré como llegue a la claridad desde
el evangelio.
La pobreza es carencia y Dios no la quiere. Pero la pobreza es camino
y Dios la quiere para que sea ocasión de merecer y fuente de
dicha. Desde la altura en que Dios me ha colocado yo confieso que la
pobreza fue un don que Dios me hizo para hacerme feliz. Yo saboreé
ya en la tierra su palabra: “Dichosos los pobres” (Mt 5,3;
Lc 6,20). Pero tengo que contar por extenso cómo fue mi conquista
de la verdadera dicha en la pobreza.
El ser pobre es un don, pero sólo cuando una ha asumido la pobreza
desde la luz del evangelio. Yo confieso que mi pobreza pasó por
etapas bien diversas. Primero fue pobreza heredada y padecida. Luego
se hizo pobreza querida y asumida, y finalmente llegó a ser pobreza
compartida y servida. Yo tuve un itinerario ascendente. Me pareció
muy duro tener que soportar la pobreza durante buena parte de mi vida.
El Señor me enseñó más tarde el camino de
la superación del mal que lleva la pobreza y del bien que encierra
cuando se abraza voluntariamente como lo había hecho Él.
Y yo la abracé de verdad, como lo había hecho mi padre
Domingo de Guzmán. Con toda el alma. Y ahí descubrí
sus tesoros.
P. ABELARDO LOBATO, O.P.
|