Nº8      II Trimestre-2001   Pág. 2
ASJUM
Ver páginas Ir a la página 1 Ir a la página 3
 

 El don de ser pobre

Yo fui un pobre. La pobreza fue mi horizonte vital. Yo no sé hacer muchos discursos sobre la pobreza. Pero como me acompaño toda la vida pude saborear a fondo lo que implicaba tener la experiencia de ser pobre. Yo creo que el hombre ha nacido para cosas grandes. Pero no llega a ellas mientras no sepa que la pobreza forma parte del tejido de su misma condición humana. El hombre tiene que admitir la pobreza en su camino de hombre, desde la cuna hasta el sepulcro, porque nunca se basta a sí mismo. Y tiene que vencer la dura condición que implica ser pobre en lucha contra la pobreza. Hubo un tiempo que esto me desconcertaba. Ya contaré como llegue a la claridad desde el evangelio.

La pobreza es carencia y Dios no la quiere. Pero la pobreza es camino y Dios la quiere para que sea ocasión de merecer y fuente de dicha. Desde la altura en que Dios me ha colocado yo confieso que la pobreza fue un don que Dios me hizo para hacerme feliz. Yo saboreé ya en la tierra su palabra: “Dichosos los pobres” (Mt 5,3; Lc 6,20). Pero tengo que contar por extenso cómo fue mi conquista de la verdadera dicha en la pobreza.

El ser pobre es un don, pero sólo cuando una ha asumido la pobreza desde la luz del evangelio. Yo confieso que mi pobreza pasó por etapas bien diversas. Primero fue pobreza heredada y padecida. Luego se hizo pobreza querida y asumida, y finalmente llegó a ser pobreza compartida y servida. Yo tuve un itinerario ascendente. Me pareció muy duro tener que soportar la pobreza durante buena parte de mi vida. El Señor me enseñó más tarde el camino de la superación del mal que lleva la pobreza y del bien que encierra cuando se abraza voluntariamente como lo había hecho Él. Y yo la abracé de verdad, como lo había hecho mi padre Domingo de Guzmán. Con toda el alma. Y ahí descubrí sus tesoros.

P. ABELARDO LOBATO, O.P.


 
Página anterior     Inicio de la página     Página siguiente